– ¿Cierto?

Ella bebió. Y sus ojos empezaron a brillar.

– Es extrañamente bueno… Usted, usted es un tipo con altura.

– ¡Espero! -accedió Antioche, que tenía un metro ochenta y cinco, no menos, y todos sus dientes.

– ¿Baila conmigo? -preguntó Zizanie, coqueta.

Antioche, que había notado la forma cómoda de su vestido, cuyo corsage estaba formado por un drapeado bastante flojo que se anudaba sobre los riñones después de cruzarse en los senos, la llevó hacia el medio de la sala. El Mayor, con aire ausente, bailaba con una gorda castaña que seguramente olía a sobaco y bailaba con las piernas separadas. Probablemente para secarse más rápido.

Antioche empezó la conversación.

– ¿Nunca pensó que es una cosa cómoda poseer un permiso para conducir?

– Sí -dijo Zizanie-. Por otra parte tengo el mío desde hace quince días.

– ¡Ah! ¡ah! -dijo Antioche-. ¿Cuándo me va a dar lecciones?

– Pues… cuando usted quiera, mi querido amigo.

– ¿Y cuál es su opinión sincera sobre los caracoles?

– ¡Muy buenos! -dijo-. Con vino blanco en las narices.

– Bueno -dijo Antioche-, usted me dará una lección la semana próxima.

– ¿No tiene permiso? -dijo Zizanie.

– ¡Sí! ¿pero eso qué importa?

– Usted se burla de mí.

– Mi querida -dijo Antioche-, no me lo permitiría.

La apretó contra él un poco más estrechamente, y en conclusión, ella lo dejó hacer. Pero él aflojó rápidamente su abrazo porque ella abandonó su mejilla contra la de Antioche y éste tenía la impresión muy clara de que su slip no resistiría el golpe.

Nuevamente, la música se detuvo y Antioche logró salvar las apariencias poniendo discretamente la mano derecha en el bolsillo de su pantalón. Aprovechando que Zizanie había encontrado a una amiga, se reunió con el Mayor en un rincón.

– ¡Cochino! -dijo el Mayor-. ¡Me la vuelas!



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