– Eh… sí -respondió Zizanie.

– ¿Qué prefiere? ¿El swing?

– ¡Ah!, sí -respondió Zizanie.

– ¿Hace mucho que baila el swing?

– Pero… sí -respondió Zizanie con asombro.

Esta pregunta le parecía superflua.

– No piense ni por un instante -continuó el Mayor- que le pregunto esto porque me parezca que baila mal. Ciertamente sería falso. Usted baila como quien tiene la costumbre de bailar a menudo. Pero eso podría ser un don, y podría ser que usted bailara desde hace muy poco…

Rió tontamente. Zizanie también rió.

– En suma -prosiguió-, ¿baila a menudo?

– Sí -respondió Zizanie con convicción.

En ese momento el disco se detuvo y Antioche se dirigió al instrumento para separar a los fastidiosos. El pick-up era automático y nadie tenía por qué acercarse. Pero una tal Janine, bastante peligrosa para los discos, estaba allí, y Antioche quería evitar toda complicación.

Sin embargo, el Mayor dijo:

– Gracias, señorita -y se quedó.

Entonces Zizanie dijo:

– Gracias, señor -y se separó ligeramente, buscando a alguien con los ojos. Entonces Fromental de Vercoquin surgió y se apoderó de Zizanie. En ese preciso momento sonaron los primeros compases de Until my green rabbit eats hot soup like a gentleman, y el Mayor sintió su corazón mordido por el aguijón de una pulga que estaba encajada entre su camisa y su epidermis.

Y Fromental, que, a pesar de las apariencias, y aunque la hubiera traído en su coche, conocía bastante poco a Zizanie, encontrada ocho días antes en lo de amigos comunes, se sintió en el deber de hablarle durante el baile.

– ¿Nunca había venido a lo del Mayor?

– ¡Oh!, no -respondió Zizanie.

– Uno no se aburre aquí -dijo Fromental.

– No… -respondió Zizanie.

– ¿Nunca había visto al Mayor?

– No, no -dijo Zizanie.

– ¿Se acuerda del tipo que vimos la semana pasada en lo de los Popeye? El grande, con cabellos castaños oscuros ondulados… ¿Sabe? Es un habitué… ¿Ve?



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