
(Es solamente el capítulo II porque las aventuras del Mayor empezaron en el capítulo precedente con la llegada de Zizanie)
Impresionado, pues, el Mayor bajó algunos escalones, estrechó la mano de los dos recién llegados y los introdujo en el gran salón adornado con parejas que jadeaban al son de Keep my wife until I come back to my old country home in the beautiful pines, down the Mississippi river that runs across the screen with Ida Lupino, el último ritmo a la moda. Era un bluz de once medidas punteadas en el que el compositor hábilmente había introducido algunos pasajes de vals swing. Un disco de comienzos de surprise-party, no muy lento, arrastrado, haciendo suficiente ruido para cubrir los rumores de conversación y de pies agitados. El Mayor, ignorando bruscamente la presencia de Fromental, tomó a Zizanie por el talle, con las dos manos, y le dijo: "¿Baila conmigo?". Ella contestó: "Pero sí…". Y él deslizó su mano derecha cerca del cuello, mientras que, con su izquierda, apretaba los dedos de la criatura rubia, apoyados en su hombro musculoso.
El Mayor tenía una manera muy personal de bailar, un poco desconcertante al principio, pero a la cual uno se acostumbraba bastante rápido. Cada tanto, parándose sobre el pie derecho, levantaba la pierna izquierda de manera que el fémur hiciera con el cuerpo, vertical, un ángulo de 90°. La tibia continuaba paralela al cuerpo, después se separaba ligeramente en un movimiento espasmódico, el pie se mantenía perfectamente horizontal durante todo ese tiempo. Vuelta la tibia a su posición vertical, el Mayor bajaba el fémur, después seguía como si tal cosa. Evitaba los grandes pasos, que son fatigosos, y siempre estaba sensiblemente en el primer lugar, con una sonrisa bobalicona en los labios.
Sin embargo su espíritu le sugería una original entrada en materia.
– ¿Le gusta bailar, señorita?
– ¡Oh!, sí -respondió Zizanie.
– ¿Baila a menudo?
