
Esta muchedumbre compacta empezó a escurrirse a tirones por la única barrera guardada por Pustoc y sus pelos rojizos. Esta multitud compacta estaba constituida por un gran número de jóvenes de los dos sexos que unían a una falta total de personalidad una libertad de actitud tal, que el hombre de la barrera les dijo: "Para ir a lo del Mayor, atraviesen la pasarela, tomen la calle frente a la estación, después la primera a la derecha, la primera a la izquierda y ya están". "Gracias", dijeron los jóvenes, que estaban munidos de ambos muy largos y de compañeras muy rubias. Había una treintena. Otros llegaron en el tren siguiente. Otros llegaron en autos. Todos iban a lo del Mayor. Subieron la avenida Gambetta con pasos lentos, gritando como parisienses en el campo. No podían ver lilas sin gritar: "¡Oh!, lilas". Era inútil. Pero les hacía ver a las muchachas que ellos conocían botánica.
Llegaron al treinta y uno de la calle Pradier. Antioche había tenido el cuidado de dejar la reja abierta. Entraron en el hermoso parque del Mayor. El Mayor no estaba porque Zizanie debía llegar en auto. Hicieron rabiar al mackintosh que hizo: "Pssh" y se fue. Subieron los escalones y entraron en el salón. Entonces Antioche desencadenó los vértigos armónicos del pick-up y la surprise-party, o la tal pretendida, empezó.
En ese momento, un auto resonó en la reja, entró en el parque, subió por la avenida izquierda y viró para detenerse delante de la escalinata, se detuvo efectivamente y volvió a partir hacia atrás porque el conductor se olvidó de apretar los frenos, volvió a partir hacia adelante, se detuvo delante de la escalinata y quedó detenido.
Una joven bajó. Era Zizanie de La Houspignole. Y atrás de ella venía Fromental de Vercoquin.
Se hizo un gran silencio y el Mayor apareció en lo alto de la escalera.
Dijo: "Buenos días"… y se veía que estaba impresionado.
Capítulo II
