Para llegar al porche mismo era necesario subir doce escalones de piedra natural estrechamente imbricados unos en otros y que formaban de esta manera, debido a este artificio ingenioso, una escalera. El parque, de una superficie de diez hectáreas (descripto parcialmente en el primer capítulo) estaba poblado por esencias variadas, y aun en ciertos puntos por carburante nacional. Conejos salvajes andaban a toda hora sobre los céspedes, buscando gusanos de tierra a los que esos animales son particularmente afectos. Sus largas colas arrastraban detrás de ellos, produciendo ese rechinamiento característico cuya perfecta inocuidad los exploradores gustan reconocer.

Un mackintosh domesticado con un collar de cuero rojo guarnecido de alabastro, se paseaba por las avenidas con aire melancólico, añorando sus colinas natales donde brotan los bagpiper.

El sol posaba sobre todas estas cosas su clara mirada de ámbar hervido y la naturaleza de fiesta reía con todos sus dientes del mediodía, de los cuales tres de cada cuatro eran de oro.

Capítulo IV

Como el Mayor aún no encontró a Zizanie, sus aventuras tampoco han empezado y, en consecuencia, todavía no puede entrar en escena. Vamos a ir ahora a la estación de Ville d'Avrille en el minuto en que el tren de París desembocó del túnel sombrío destinado a proteger de la lluvia una parte de la vía férrea que une Ville d'Avrille con Saint-Cloud.

Mucho antes de que el tren se detuviera completamente, una multitud compacta empezó a chorrear de las puertas con cerradura automática de las que tanto se enorgullecían los habitués de la estación Saint Lazare -aunque no sirvieran para mucho- hasta que se pusieron en la línea de Montparnasse esos coches llamados inoxidables que unen a las puertas automáticas los estribos que se levantan (o se bajan, a voluntad) lo que no es un juego.



4 из 121