En la amplia pieza, preparada para la circunstancia, sólo quedaban algunos divanes cubiertos de piel de madroño de vaca que largaba reflejos rosados bajo los rayos del sol, ya muy fuerte. Se veían además dos mesas sobrecargadas de golosinas: pirámides de postres, cilindros de fonógrafo, cubos de helado, triángulos de franc-masones, cuadrados mágicos, altas esferas políticas, ananás, arroz, etc. Botellas de nansú tunecino se codeaban con botellones de gin, Hijo Fúnebre (de Tréport), whisky lapupacé, vino Ordener, vermouth de Turingia y tantas otras bebidas delicadas que era difícil reconocerlas. Vasos de cristal tostado dispuestos en filas estrechas frente a las botellas estaban prontos a recibir las mixturas que Antioche se prepara a componer. Las flores adornaban las arañas y sus olores penetrantes casi hacían dar vuelta la cabeza; tan impresionado se sentía uno por su fragancia imprevista. Gusto de Antioche, siempre. En fin, unos discos, en altas pilas, ondeados en la superficie por reflejos simétricos y triangulares esperaban, llenos de indiferencia, el momento en que, desgarrándole la epidermis con su caricia aguda, la aguja del pick-up arrancara a su alma espiritada el clamor aprisionado muy en el fondo de su surco negro.

Estaban, en especial, Chant of the Booster, de Mildiou Kennington, y Garg arises often down South, por Krüger y sus Boers…

Capítulo III

La casa estaba situada muy cerca del Parque de Saint-Cloud, a doscientos metros de la estación de Ville d'Avrille, en el número treinta y uno de la calle Pradier.

Una glicina de 30° químicamente pura sombreaba el porche majestuoso prolongado por una saliente de dos escalones que daba acceso al gran salón del Mayor.



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